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馃嚚馃嚭 "Digitalizaci贸n por decreto: cuando la obligaci贸n choca con la realidad cubana".


La digitalizaci贸n de los servicios de pago puede representar un avance para cualquier econom铆a cuando existe la infraestructura tecnol贸gica necesaria para sostenerla. Sin embargo, en Cuba la realidad parece ir en sentido contrario. Mientras el Estado obliga a los trabajadores por cuenta propia y a otros emprendedores privados a utilizar plataformas como Transferm贸vil y Enzona para cobrar y pagar a sus clientes, las condiciones t茅cnicas del pa铆s convierten esa obligaci贸n en una fuente constante de dificultades.


El caso de Enzona resulta especialmente llamativo. A diferencia de otras aplicaciones que pueden realizar algunas operaciones mediante redes internas, esta plataforma depende del acceso a Internet para funcionar correctamente. Esto significa que, si la conexi贸n falla o es demasiado lenta, el comerciante no puede cobrar y el cliente no puede pagar.


El problema no radica 煤nicamente en la aplicaci贸n. El verdadero obst谩culo es el entorno donde debe operar. Cuba contin煤a enfrentando una infraestructura de telecomunicaciones con m煤ltiples limitaciones: conexiones inestables, frecuentes interrupciones del servicio y una velocidad de Internet que durante a帽os ha sido se帽alada entre las m谩s bajas de la regi贸n en distintos estudios internacionales. En esas condiciones, exigir el uso obligatorio de una plataforma que depende de una conexi贸n estable parece ignorar la realidad cotidiana de millones de ciudadanos.


Para un peque帽o emprendedor, cada venta perdida representa ingresos que no recuperar谩. Cuando un cliente espera varios minutos para que una operaci贸n sea procesada, muchas veces termina desistiendo de la compra. Otros optan por marcharse o buscar un negocio donde puedan pagar de manera m谩s r谩pida. Al final, quien asume las consecuencias econ贸micas no es la plataforma, sino el trabajador que intenta mantener su negocio funcionando.


Tambi茅n existen afectaciones para los consumidores. Nadie desea permanecer largos minutos esperando que una aplicaci贸n responda mientras la se帽al de Internet desaparece o la operaci贸n queda "proces谩ndose". Lo que deber铆a facilitar las transacciones termina generando molestias, retrasos e incertidumbre.


La contradicci贸n es evidente. Por un lado, el Estado impulsa la bancarizaci贸n y promueve el uso de herramientas digitales como s铆mbolo de modernizaci贸n. Por otro, esa estrategia se desarrolla en un pa铆s donde todav铆a persisten serias deficiencias en la conectividad, frecuentes apagones el茅ctricos y dificultades para acceder a un servicio de Internet estable y de calidad.


La transformaci贸n digital no puede imponerse 煤nicamente mediante resoluciones administrativas. Para que funcione, primero deben existir las condiciones t茅cnicas que la hagan viable. De lo contrario, la tecnolog铆a deja de ser una soluci贸n para convertirse en un obst谩culo adicional para quienes producen, venden o prestan servicios.


Ning煤n proceso de modernizaci贸n ser谩 exitoso si se basa exclusivamente en la obligaci贸n. La confianza de los usuarios se gana cuando las herramientas funcionan de manera eficiente, ofrecen estabilidad y facilitan la vida de las personas. Cuando ocurre lo contrario, la percepci贸n ciudadana es que la carga recae siempre sobre el emprendedor y el consumidor, mientras los problemas estructurales permanecen sin resolver.


La digitalizaci贸n puede ser una oportunidad para impulsar el desarrollo econ贸mico. Pero en Cuba, mientras la infraestructura tecnol贸gica contin煤e rezagada respecto a las exigencias que se imponen, muchos seguir谩n pregunt谩ndose si el problema es la resistencia al cambio o la falta de condiciones reales para que ese cambio sea posible.


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