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Orlando Zapata, Lula y el silencio de la izquierda

Desde la Redacción de CubaHoy


La muerte de un preso político en Cuba puso a prueba la coherencia de quienes dicen defender la libertad y los derechos humanos.

El 23 de febrero de 2010, Orlando Zapata Tamayo murió tras 85 días de huelga de hambre en una prisión cubana. Al día siguiente, el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva visitó La Habana y se reunió con Fidel y Raúl Castro, en un contexto marcado por la tragedia.

Las declaraciones de Lula provocaron controversia cuando comparó las huelgas de hambre de los disidentes con la hipotética protesta de los delincuentes presos en São Paulo y defendió el respeto a las decisiones de la justicia y del Gobierno cubanos.

La comparación dejó en segundo plano una cuestión fundamental: ¿cómo distinguir entre un delincuente condenado con garantías judiciales y una persona encarcelada por sus ideas políticas? Orlando Zapata había sido considerado preso de conciencia por Amnistía Internacional. Su muerte exigía examinar sus condiciones de reclusión y las responsabilidades de las autoridades, no descalificar su protesta mediante comparaciones simplistas.

La postura de Lula resultó especialmente contradictoria por su propia historia como dirigente sindical perseguido durante la dictadura brasileña. Quien conoce el valor de la libertad debería defenderla también cuando sus beneficiarios piensan diferente o cuestionan a un Gobierno aliado.

La soberanía nacional no puede justificar la vulneración de los derechos fundamentales. Mantener relaciones diplomáticas con Cuba era legítimo; guardar silencio ante las circunstancias de la muerte de Zapata, o relativizar la situación de los disidentes, era una decisión política susceptible de crítica.

El caso revela una contradicción que todavía atraviesa a determinados sectores de la izquierda internacional: denunciar la represión cuando afecta a los propios, pero minimizarla cuando procede de gobiernos ideológicamente cercanos. La misma exigencia, por supuesto, debe aplicarse a cualquier corriente política.

La democracia no se demuestra defendiendo únicamente a quienes comparten nuestras ideas, sino protegiendo los derechos de quienes se enfrentan al poder.

Orlando Zapata murió, pero dejó una pregunta incómoda para Cuba y para toda América Latina: ¿son los derechos humanos universales o dependen de la ideología de quien los reclama?

Cuando la libertad se defiende selectivamente, deja de ser un principio y se convierte en una conveniencia política.



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