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"Cuba y el tren que sigue pasando.”
Desde la Redacción de CubaHoy
Mientras América Latina intenta abrirse paso en medio de las turbulencias globales, Cuba parece condenada a contemplar el movimiento desde el andén.
La región no atraviesa precisamente una edad de oro. La inseguridad, la corrupción, la desigualdad y la inestabilidad política continúan siendo problemas recurrentes. Sin embargo, entre avances y retrocesos, numerosos países latinoamericanos están buscando fórmulas para insertarse en una economía mundial cada vez más competitiva. La irrupción de la inteligencia artificial, las nuevas inversiones vinculadas a la tecnología, la transición energética y la disputa económica entre Estados Unidos y China están redefiniendo las oportunidades del continente. Organismos como la CEPAL han señalado que América Latina se enfrenta al desafío de adaptarse a una nueva etapa geopolítica marcada por profundas transformaciones económicas y tecnológicas.
En ese escenario, la pregunta no es qué papel desempeñará el Gobierno cubano. La pregunta es mucho más simple y mucho más dolorosa: ¿qué lugar ocupará Cuba?
Porque mientras otros países discuten cómo atraer inversiones, desarrollar infraestructuras, modernizar sus industrias o aprovechar los cambios del mercado global, millones de cubanos continúan atrapados en preocupaciones mucho más básicas. Conseguir alimentos, sobrevivir a los apagones, acceder al transporte o encontrar medicamentos se ha convertido en una lucha cotidiana.
El contraste resulta cada vez más evidente.
Países con enormes desafíos estructurales intentan competir por talento, tecnología y capital. Cuba, en cambio, observa cómo su principal recurso humano abandona el país. No se trata únicamente de una crisis económica. Es una fuga constante de conocimientos, capacidades y esperanzas.
La geografía tampoco explica esta realidad. Pocos países del continente cuentan con una ubicación tan privilegiada. Situada en la entrada del Golfo de México y en una posición estratégica dentro del Caribe, la Isla podría desempeñar un papel relevante en el comercio, la logística y los intercambios regionales. Sin embargo, la ventaja geográfica pierde valor cuando las decisiones políticas terminan convirtiendo las oportunidades en puertas cerradas.
Durante años se repitió que las dificultades cubanas eran consecuencia exclusiva de factores externos. Sin embargo, mientras la región continuó cambiando, la estructura económica y política del país permaneció aferrada a esquemas incapaces de generar prosperidad, atraer inversión o garantizar libertades esenciales para el desarrollo.
La consecuencia está a la vista. América Latina cambia, Cuba se deteriora.
No porque el resto de la región haya encontrado soluciones mágicas. Basta mirar las crisis que atraviesan varios países para comprender que nadie posee una receta perfecta. La diferencia radica en que la mayoría de las naciones latinoamericanas, con mayor o menor éxito, debaten reformas, corrigen errores y buscan caminos alternativos. Cuba, por el contrario, parece atrapada en un ciclo donde las mismas decisiones producen los mismos resultados.
Entretanto, el mundo sigue avanzando.
La competencia entre grandes potencias redefine mercados, las nuevas tecnologías transforman economías enteras y los países se reposicionan para aprovechar las oportunidades emergentes. Cada año que pasa sin cambios profundos amplía la distancia entre la realidad cubana y la del resto del continente.
La gran tragedia de Cuba no es únicamente la pobreza material. Es el tiempo perdido.
Tiempo perdido para modernizar la economía. Tiempo perdido para fortalecer las instituciones. Tiempo perdido para construir un país donde los jóvenes quieran permanecer y no escapar.
La geopolítica no concede pausas ni premia la inmovilidad. Los países que se adaptan encuentran oportunidades incluso en medio de las crisis. Los que permanecen inmóviles terminan viendo cómo las oportunidades pasan de largo.
Y quizás ahí resida la cuestión más importante para cualquier cubano, dentro o fuera de la Isla. Mientras América Latina busca su lugar en el mundo que viene, Cuba sigue enfrentando una decisión que lleva demasiado tiempo postergando: transformarse para avanzar o resignarse a seguir observando cómo pasa, una vez más, el tren de la historia.

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