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Brasil ante un posible giro a la derecha: implicaciones hemisféricas.

Por Librado Linares

El nordeste brasileño, históricamente bastión del Partido de los Trabajadores (PT), ha sido escenario de un fenómeno político inesperado: la acogida masiva a Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro. Este hecho, en una región que tradicionalmente ha votado por la izquierda, refleja un desgaste del modelo social del PT y la emergencia de un discurso conservador centrado en seguridad, orden y liberalización económica. 

El programa de gobierno de Bolsonaro Jr., titulado “Para o Brasil Vencer o Atraso”, plantea un conjunto de medidas que marcan un claro contraste con el legado de Lula. En materia de seguridad, propone catalogar al PCC y al Comando Vermelho como organizaciones narcoterroristas, reducir la mayoría de edad penal a 16 años y aplicar castración química a violadores de menores. En el plano judicial, busca limitar las competencias del Supremo Tribunal Federal y establecer una “cuarentena” para exministros antes de ser nominados a la corte. 

En economía, el plan se centra en un “tesouraço” de gasto público, reducción de impuestos y privatizaciones selectivas. Se proyecta un crecimiento sostenido del 4% anual, con inversiones de R$ 900 mil millones en infraestructura y estímulos al agronegocio, la industria y los servicios. Además, se prevé apoyo al emprendimiento femenino mediante microcréditos y bonos de internet, junto con la preservación de tarifas sociales de electricidad para familias vulnerables. 

Las implicaciones hemisféricas de un triunfo de la derecha en Brasil serían profundas. En primer lugar, La Habana enfrentaría un escenario más hostil: un Brasil alineado con Washington y con gobiernos de derecha como el de Milei en Argentina significaría menos respaldo diplomático y mayores presiones contra el castrismo. En segundo lugar, la posición de Brasil en el BRICS se vería alterada. Mientras Lula ha impulsado el bloque como plataforma multipolar, Bolsonaro Jr. plantea reducir su centralidad y priorizar relaciones bilaterales con EE.UU., Israel y Argentina, lo que podría debilitar la cohesión del grupo y frenar aspiraciones de países como Cuba de integrarse plenamente. 

No obstante, el debate político en Brasil no se limita a propuestas de futuro. El recuerdo del caso Odebrecht, aunque jurídicamente cerrado tras la anulación de pruebas por el Supremo Tribunal Federal, sigue siendo un arma narrativa para la derecha, que lo utiliza como símbolo de corrupción del PT. A ello se suma la política exterior de Lula, criticada por legitimar regímenes autoritarios bajo la bandera de la “no injerencia”. Esta postura, calificada por algunos como una “paradictadura”, erosiona su credibilidad democrática y ofrece a sus adversarios un argumento poderoso de cara a las elecciones. 

En conclusión, Brasil se encuentra en una encrucijada. El avance de Bolsonaro Jr. en el nordeste refleja un cambio estructural en el mapa político, mientras que las propuestas de su programa económico y de seguridad apuntan a un giro radical hacia la derecha. Para Cuba, significaría aislamiento y presiones crecientes; para el BRICS, una redefinición de su papel en la política exterior brasileña. Y para el propio Brasil, la elección será entre continuar con el modelo social del PT o abrazar un proyecto liberal-conservador que promete orden y crecimiento, pero que también podría profundizar la polarización en el país y en toda la región. 

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